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¿Quieres ser una estrella de la TV?

 

Eran sólo cuatro, pero parecían el ejército aliado desembarcando en Normandía.

"Hola, Isabel. Puedo tutearte, ¿verdad? Esa mesa estorba ahí. ¿Verdad que podemos quitarla? ¡Vaya, si se ve el campo desde la ventana del salooooooooooon!" El regidor estaba absolutamente en-can-ta-do.

La periodista, una mujer joven, inteligente y agradable, intentaba explicarme lo que querían hacer, mientras los tres técnicos desplegaban cámara, focos y micrófonos, cambiaban de lugar la mesa del comedor y comentaban el juego que podía dar la gran pecera.

Mientras tanto, yo miraba de reojo las maniobras y me preguntaba: ¿Cómo he podido meterme en semejante fregado? ¿En qué hora se me ocurrió decir que sí?...

Era julio de 1996. Una semana antes, habían llamado a la sede de la AET (Asociación Española de Teletrabajo), de los servicios informativos de una emisora de televisión. Necesitaban un teletrabajador, a ser posible que trabajase desde su casa, mejor si era mujer y era para... ¡Ya! El programa era un especial informativo de media hora, dedicado al teletrabajo, querían entrevistar a un teletrabajador en su domicilio y tenía que ser la semana siguiente, lo que era un problema añadido: mucha gente estaba ya de vacaciones de verano. Cuando desde la secretaría de la Asociación me lo propusieron, mi primera reacción fue: "no, gracias". Nunca había sentido la necesidad de hacerme notar, aunque sí que había accedido a realizar una entrevista en la radio, hablando de mi experiencia como teletraductora, pero sinceramente, tampoco entendía a qué venía tanto revuelo.

En fin... que me dejé convencer, qué mal podía hacerme aquello, y ahí estaban aquellos señores. ¿Por qué no nos dejamos llevar más por nuestras sensaciones y por las lucecitas que nos avisan "no lo hagas"?

Ahora ya no había remedio. La periodista charlaba conmigo de las preguntas que iba a hacerme. Descubrí que estaba muy interesada en el aspecto "doméstico" del teletrabajo: si me levantaba del ordenador para poner la lavadora, cuántas horas dedicaba al trabajo, si el que hubiera una canguro jugando con mi hija en la habitación de al lado era algo excepcional porque habían llegado ellos (pero ¿cómo pensaba que podía trabajar durante las vacaciones escolares, si no era así?), etc. Mientras, el cámara y el regidor discutían y tomaban planos del prado que había frente a la ventana del salón. La verdad, ahora que lo recuerdo, parecían todos tan entusiasmados por lo idóneo, típico y tópico de mi situación (mujer, trabajadora desde el domicilio, madre y con vivienda en el campo) que debería haberme mosqueado. Pero no.

Desde luego: los inocentes heredarán la tierra. Pregunté a la periodista cómo debía vestirme y qué debía hacer. Me indicó que lo mejor era que no pareciera que me había arreglado "para salir en la tele", así que mi atuendo informal parecía lo más indicado. Me explicó que en el reportaje saldría algún otro teletrabajador y que todos estaríamos en nuestros propios entornos, para que no pareciera un reportaje artificial. También me dijo que me grabarían trabajando en mi puesto de trabajo, y que agradecerían un toque humano: ¿podía dar de comer a los peces? Bueno, no vi nada malo en esto último: ellos estarían encantados... y los peces también. :-)

Pasados los primeros nervios, todo fue sorprendentemente fácil. La entrevista fue muy completa y se abordaron todos los temas: la no profesionalidad de algunos teletrabajadores, la economía sumergida, los abusos por parte de algunos clientes, los problemas a la hora de cobrar, la dificultad de separar la vida profesional de la vida privada, cómo organizar el propio tiempo... Las frases salían una detrás de otra y yo me felicitaba por estar saliendo bien de aquel trance, por lo agudo de mis opiniones y porque aquellas personas al parecer sabían lo que hacían. La periodista estaba bien documentada, el ambiente era relajado. Cuando terminaron, incluso hubo en la cocina una ronda de leche fría con cacao para todos (¿he dicho ya que hacía un calor espantoso?) y, una vez puesta la mesa del comedor en su sitio, se marcharon.

Pasaron un par de meses. Un buen día, emitieron el programa. Pude ver el bonito resultado: mis mejores frases sobre el teletrabajo las decía la locutora "en off" como suyas, sobre escenas en las que yo daba de comer a los peces, me asomaba a una ventana o escribía en el ordenador. El resto de mis frases habladas las decía yo, pero intercaladas con imágenes de un teletrabajador itinerante de una gran multinacional: un hombre joven muy arreglado y trajeado, con un bonito portátil, una imagen muy profesional, en escenas rodadas en su automóvil y en exteriores (efectivamente, era un "teletrabajador en su propio entorno"), y un directivo de la Asociación Española de Teletrabajo que, también desde un despacho, hablaba del teletrabajo y de los problemas de la actividad.

No tenía nada que objetar a que esas dos personas compartieran el espacio conmigo. El tratamiento de ambas era impecable y, en el caso de la segunda, le conocía bien a través de la Asociación y además era una de las personas que más sabían de teletrabajo en España, en aquel momento.

Sin embargo, me sentí terriblemente utilizada: yo daba el contrapunto "marujil" y colorista. Me había dejado "llevar al huerto", había picado como un pez tonto y no podía culpar a nadie, sino a mí. Dejar que me grabaran en casa, con mi hija, dando de comer a los peces, asomada a una ventana al campo, con ropa de "persona normal" y hablando de todo sin malicia alguna, había sido un error de principiante. Pero es que los teletrabajadores no solemos tener asesores de imagen. :-)

Y, como de los errores también se aprende, esto es lo que pasó las dos siguientes veces que accedí a entrevistas en la televisión:

La segunda fue en un mini-coloquio grabado en directo (o sea, sin cortes) y, para mi sorpresa, minutos antes me enteré de que las preguntas que se me harían versaban casi exclusivamente acerca de mi vida familiar, por lo que indiqué a la entrevistadora, amablemente, que no respondería a nada relacionado con el tema (resultado: una tarde perdida, para responder a dos preguntas tontas de forma muy lacónica).

La tercera, impuse mis condiciones: como ahora teletrabajo desde un despacho, sería allí donde se realizaría la mayor parte de la grabación, me vestí con traje de chaqueta, que es como voy a trabajar habitualmente, y accedí a un par de tomas en mi domicilio, pero con un par de condiciones: no me cambiaría de ropa y me limitaría a encender el portátil y demostrar que también desde allí puedo bajar el correo, pero sin entrevista. Nada de tomas en la terraza, ni en el jardín, ni acariciando al gato, ni regando las plantas. Además, me negué por adelantado y de forma rotunda a cualquier alusión a mi vida familiar. Y me salí con la mía.

Pero, aun así, el resultado no me gustó: Y es que, por si no lo saben, la televisión hace parecer unos cinco kilos más gorda. ;-)