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El Contrato Emocional

Cuando firmamos un contrato de trabajo, normalmente analizamos con cuidado todos los aspectos legales del mismo; en función del nivel retributivo incluso es normal llevarlo a un asesor que nos ayude a estudiarlo. Aspectos como el salario, el horario laboral, las vacaciones, los pluses, etc. son las variables que nos dirigen en uno u otro sentido a la hora de aceptar dicho contrato.

Estamos hablando, claro está, de los casos en que se puede elegir y se puede dialogar. Nada de esto es válido cuando al pie del documento aparece una nota invisible que dice "esto son lentejas, si las quieres las tomas y si no las dejas".

Ahora que vienen mal dadas. Ahora que el miedo empieza a hacer mella en muchas reivindicaciones. Ahora, que se empieza a ver que los contratos indefinidos son eternos mientras duran, es el momento de reflexionar sobre nuestros cambios de empresa en pos de un mejor salario, ya que en multitud de casos de despidos actuales, éstos se realizan sobre contratos de reciente cuño.

Justo cuando la saturación del mercado del ladrillo empezó a dejar en evidencia la dificultad que suponía vender tal cantidad de viviendas, los empresarios se vieron obligados a fichar a los artífices del éxito de su competencia. Pagaron bien, muy bien incluso. Pero el problema no eran tanto los vendedores como el exceso de oferta y la falta de financiación, y ocurrió lo predecible, personas contratadas en condiciones excepcionales de salario fueron despedidas ante la imposibilidad de rentabilizarlos. Muchas de estas personas provenían de empresas en las que se había desarrollado profesionalmente durante años. Incluso habían sobrevivido con ellos a otras crisis, pero ante una oferta tentadora no valoraron más que la letra escrita de su contrato, sin tener en cuenta el contrato emocional.

El contrato emocional no es un acuerdo que se firma como el de papel, es un compromiso mutuo, entre empresa y trabajadores para ir de la mano hacia un objetivo común. Es un nivel muy alto de comprensión bidireccional que permite al trabajador entender que la empresa tiene que ganar dinero por el bien de todos, y al empresario, entender que el trabajador es bastante más que un índice de productividad. Que tiene niños que a veces enferman. Que tienen enfermedades que requieren tratamientos... en definitiva, mucho más que un gasto salarial.

Mientras este contrato está en vigor se producen prodigiosas simbiosis que permiten niveles de productividad e innovación muy superiores a los estándares más optimistas, y sobre todo, se comparte un proyecto de futuro en el que nadie es prescindible, y cuando vienen mal dadas, se estudian soluciones y se saca adelante el proyecto, porque todos reman en la misma dirección.

No voy a poner el ejemplo de la empresa más valorada del mundo por sus trabajadores, ya que para Google, aparte de una filosofía de trabajo, es una posibilidad más que le da su enorme capacidad económica. Seguro que todos tenemos en la mente alguna pequeña o mediana empresa que practica este tipo de contrato, y seguro que algunos de los que lean éste artículo se arrepentirán amargamente de haberlo roto.

El gran problema de este contrato emocional es que sólo se suele valorar cuando se pierde, por lo que es muy importante que en las empresas en que se aplica, tanto los trabajadores como los empresarios sean conscientes de ello, ya que como vemos, la tranquilidad laboral está empezando a cotizarse más que el oro.

Excelente artículo

Me ha hecho reflexionar bastante sobre mi último cambio de empresa. Me he visto muy bien reflejado. Lo malo es que tenía que haberlo leído antes. Seguramente ahora no estaría en el paro.

Propongo que se haga constar en los contratos esa parte que no se ve, a ver si así nos damos cuenta. Cuando nos vamos por dinero nos convertimos sin darnos cuenta en un objeto con un valor, justo el mismo por el que depués nos devuelven.
De nuevo enhorabuena

Estoy completamente de

Estoy completamente de acuerdo y lo digo por experiencia. La experiencia de un contrato emocional que ha durado 12 años y que no ha sido precisamente roto por los empleados sino por la empresa. Cuando a la empresa le interesa dejar su actividad y no atender sus obligaciones para con sus empleados, de poco sirve el contrato emocional que ha tenido con ellos durante toda su existencia. Puede hacer durante un año una quiebra técnica encubierta y despedir a todos con un despido disciplinario y que se encargue el FOGASA de pagar las indemnizaciones y cinco de los siete meses de salarios adeudados. ¡Qué pena!

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